Ludwing Uhland

 
Las tres doncellas
 
En lo alto de un Castillo,
tres, doncellas la vista vuelven hacia el hondo valle;
su padre en un corcel se acerca a ellas;
ciñe la cota su robusto talle.
-¡Padre y señor, muy bien venido seas!
 
¿ Qué traes a tus hijas?
Fuimos juiciosas Corno tu deseas.
-Hoy, hija mía de la saya gualda,
ausente, en ti pensé. Ya no cuan grato
te es el poder lucir tu rica falda;
tus gustos son las galas y el ornato:
del cuello arrebaté, de un caballero,
esta cadena de oro,
y en pago de ella dile muerte fiero-.
Tomó la joya la doliente niña,
y el blanco cuello se ciño con ella.
Fuese al lugar donde ocurrió la riña,
y al muerto halló por la sangrienta huella.
-Aquí insepulto estás Como un malvado,
y eres un caballero,
y en vida te llamé mi dueño amado-.
Entre sus brazo le llevó piadosa
hasta la iglesia del lugar vecino,
y le enterró en la tumba do reposa
su noble estirpe, de 'funesto sino.
Al cuello se estrechó con nudo fuerte
los rojos eslabones,
fiel a su dulce amor hasta en la muerte.
De lo alto de un castillo, dos doncellas
la vista vuelven hacia el hondo valle;
su padre en un corcel se acerca a ellas;
ciñe la cota su robusto talle.
-¡Padre y señor, muy bien venido seas!
¿ Que traes a tus hijas?
Fuimos juiciosa9 como tu deseas.
-Hoy, hija mía de la blanca saya,
en ti pensé. La caza es tu alegría,
y tu mayor placer, tener a raya
la rauda fiera allá en la selva umbría
Arrebaté de manos de un montero
este venablo agudo,
y de el en pago dile muerte fiero-.
De manos de su padre la doncella
tomó el venablo con su diestra fuerte;
al monte se partió la niña bella,
gritando por doquier. ¡dolor y muerte!,
y de los tilos en la parda sombra,
entre sus perros fieles,
halló a su amante sobre roja alfombra.
-Al verde dio acudo y a la cita,
como te prometí, mi amado dueño-.
Clavada en el venablo, cual marchita
silvestre flor, cayó en eterno sueño.
Juntos yacieron, y la brisa arroja
sobre los dos amantes
su blando aroma y la caída hoja
De lo alto de un castillo, una doncella
vuelve los ojos hacia el hondo valle;
su padre en un corcel n acerca a ella;
ciñe la cota su robusto talle.
-¡Padre y señor, muy bien venido seas!
¿Que traes a tu hija?
juiciosa he sido como tu deseas..
-Hoy, hija mía de la blanca saya,
en ti pensé. Tu gusto son las flores,
y mas te agrada su corola gaya
que de costosas joyas los fulgores.
Quitéle a un atrevido jardinero
esta flor candorosa,
y en pago de ella dile muerte fiero.
-¿Cual fue su desacato, padre mío,
que te movió severo a darle muerte?
Cuidar las flores en el huerto umbrío
era su afán. ¡Cuan triste es ya su suerte!
-Quise negarme con palabra osada
la flor de mas valía,
que destinaba al pecho de su amada-.
'tomó la flor -la niña candorosa
y ornó con ella su virgíneo seno;
bajó al jardín do un tiempo tan dichosa
pasado había tanto rato ameno.
En el jardín se alzaba una colina,
sembrada de azucenas;
sentada en ella, el rostro al suelo inclina.
-¡Dichosa yo, si, al par de mis hermanas,
pudiera darme desastrosa muerte!
Pero las hojas de la flor galanas
herir no saben de tan fiera suerte-
Con yerta faz, mirando la flor bella,
vio cual se marchitaba,
y cuando se agostó, murmuró con ella.